Constantino IV

Constantino IV (Κωνσταντίνος Δ’) (649-685) fue un emperador bizantino que reinó entre 668 y 685. Logró estabilizar las fronteras del Imperio Bizantino y recuperar parte del prestigio perdido a lo largo del siglo VII.

Constantino era el hijo mayor del emperador Constante II. Fue nombrado co-emperador junto a su padre en 654 cuando aún era un niño y se convirtió en emperador después de que Constante II fuera asesinado en 668 en Siracusa. Sus hermanos menores Heraclio y Tiberio estuvieron asociados con él al trono imperial. Devolvió la capitalidad del Imperio a Constantinopla, que la había perdido durante el reinado de su padre.

El primer reto al que se tuvo que enfrentar Constantino IV fue el rearme del poder árabe. Los árabes habían estado sumidos en los últimos años en una guerra civil del que resultó finalmente triunfante el califa omeya Muawiya I. Los árabes habían acabado su guerra civil y el nuevo Califato Omeya decidió atacar a los bizantinos para derrotarles definitivamente. En 674 la flota árabe atacó Constantinopla por mar sometiendo la ciudad a un asedio que duraría 4 años. Mientras tanto, los eslavos atacaron Tesalónica. En 678 los bizantinos lograron finalmente rechazar el asedio árabe tras emplear el fuego griego contra la flota árabe en la Batalla de Syllaeum. Fue una de las primeras veces que se utilizó esta arma en combate. Los árabes fueron rechazados al ser simultáneamente vencidos en Anatolia. La derrota árabe aumento el prestigio de los bizantinos, que firmaron la paz con el Califato Omeya a cambio de un tributo anual que el califa debía pagar al emperador.

En 680 Constantino convocó el VI Concilio Ecuménico (conocido también como Tercer Concilio de Constantinopla), que reafirmó la doctrina acordada en el Concilio de Calcedonia (451). La mayor parte de los monofisitas, que constituían la mayoría religiosa en Siria y Egipto, habían quedado fuera de las fronteras del Imperio, por lo que no tenía sentido buscar un compromiso entre esta herejía y la ortodoxia cristiana en lo referente a la naturaleza de Cristo. Las doctrinas del monotelismo y el monoenergismo que habían sido creadas como soluciones de compromismo y que los anteriores emperadores habían impulsado como una forma de encontrar la paz religiosa dentro del Imperio, fueron condenadas por el Concilio. Esto permitió reconciliar al emperador con el Papa y el cristianismo occidental que se había opuesto firmemente a cualquier desviación de la ortodoxia acordada en el Concilio de Calcedonia.

A pesar de los éxitos de Constantino IV al lograr la paz con los árabes y la reconciliación con Occidente; no tuvo tanta suerte al defender las fronteras danubianas del Imperio. Los búlgaros eran un pueblo nómada procedente de las estepas rusas que llegaron al Danubio hacia el 670. Durante los años en los que Constantinopla estaba sometida al asedio árabe, los búlgaros se infiltraron al sur del Danubio y se asentaron en el territorio de la moderna Bulgaria, donde sometieron a las tribus eslavas que vivían en la región. Ese territorio pertenecía formalmente al Imperio bizantino, aunque los desastres acaecidos a lo largo del siglo, había dejado extensos territorios de los Balcanes fuera del control imperial. Una vez obtenida la paz con los árabes Constantino volvió su mirada hacia el norte y envió una expedición en 680 destinada a desalojar a los búlgaros del territorio al sur del Danubio. La expedición sufrió una derrota desastrosa y eso forzó a Constantino a reconocer la existencia del Imperio Búlgaro en 681.

Los hermanos de Constantino IV; Heraclio y Tiberio habían sido coronados junto a él como augustos, a demandas de la población, pero en 683 Constantino les cortó la lengua de tal forma que quedaron inhabilitados como posibles candidatos al trono. Ello aseguro la sucesión en la figura de Justiniano II, hijo de Constantino, que fue coronado emperador en 685 cuando su padre murió de disentería.


Constantino VIII

Constantino VIII (en griego Κωνσταντίνος Η΄, Kōnstantinos VIII) (960 – 15 de noviembre de 1028), emperador bizantino (15 de diciembre de 1025 – 15 de noviembre de 1028) era hijo del emperador Romano II y hermano menor del gran Basilio II, que murió sin hijos, dejando el gobierno del Imperio bizantino en manos de Constantino.

En teoría, Constantino fue nombrado co-emperador junto a su hermano Basilio cuando éste asumió el trono imperial en 976 con 18 años de edad, pero durante los 49 años de reinado de Basilio, Constantino apenas participó en los asuntos de estado, incluso aunque Basilio estuviese muy a menudo fuera de Constantinopla en sus campañas militares. El indolente Constantino, que tenía una vida de ocio y sólo aspiraba a llevar una existencia regalada, cedió a su hermano Basilio, el mayor de ambos, todo el poder, reteniendo tan sólo el título de emperador, a pesar de que pudo repartirse por igual con su hermano la herencia de su padre.

Cuando Basilio II murió el 25 de diciembre de 1025, Constantino pasó a ser el único emperador, aunque sólo reinó durante menos de tres años, hasta su muerte el 15 de noviembre de 1028. Asumió el poder a los 65 años edad, y al encontrar lleno de dinero el tesoro imperial, se abandonó a sus placeres. Sabiéndose incapaz de consumir su tiempo en preocupaciones, delegó las responsabilidades en hombres con una gran formación, mientras él se encargaba de todo lo relacionado con las audiencias a los embajadores o del resto de los pequeños asuntos administrativos.

Jamás se mostró excesivamente preocupado por el poder; aunque de constitución fuerte, era débil de espíritu; al hacerse viejo y no poder combatir ya, se exasperaba con cualquier noticia de mal augurio. Su reinado fue desastroso por su falta de coraje. Reaccionaba ante cualquier la menor sospecha con gran crueldad: así, ordenó la ejecución o mutilación de cientos de hombres inocentes. A los pocos meses del comienzo de su reinado, las leyes sobre la tierra dictadas por Basilio fueron derogadas por la presión de la aristocracia de Anatolia.

Constantino era alto, delgado y de buena planta, por contraste con Basilio que era bajo y ancho. Tenía un estómago resistente, y era un experto a la hora de aderezar las comidas, de combinar olores y colores en los platos y de hacer apetitosa cualquier vianda. Aunque no tenía muchos estudios, y sus conocimientos eran muy limitados los conocimientos, estaba dotado de una destreza y gracia innatas y tenía la fortuna de poseer una lengua delicada y elegante a la hora de hablar, con la que deslumbraba a todo el mundo. Sus mayores pasiones eran las carreras de carros y los espectáculos públicos, y su afición por los dados y los juegos de tablero era tal que desatendía los más graves asuntos de Estado. Era también un magnífico jinete, pero cuando llegó a ser emperador único, sufría de gota crónica y apenas podía andar.

Constantino tomó como mujer a una de las más nobles patricias, llamada Helena, hija de Alipio. Esta mujer, hermosa de apariencia y noble de espíritu, dio tres hijas antes de pasar a mejor vida. El Imperio pasó a su hija Zoë y a los maridos e hijos de ésta.


Juan V Paleólogo

Juan V Paleólogo(Griego: Ιωάννης Ε’ Παλαιολόγος, Iōannēs V Palaiologos), (noviembre de 1331 – 16 de febrero de 1391) hijo de Andrónico III, a quien sucedió como Emperador bizantino en 1341, a la edad de 9 años.

Regencia de la emperatriz Ana de Saboya (1341-1347)

Los años de la minoría de edad de Juan V fueron el escenario de la llamada segunda guerra civil bizantina. A la muerte de Andrónico III, la regencia fue atribuida a la emperatriz viuda Ana de Saboya (19 de noviembre de 1341). Poco después, el primer ministro durante el reinado de Andrónico III, el megas domestikos Juan VI Cantacuceno hizo valer su condición de amigo íntimo del emperador difunto para ocupar el cargo de tutor de la emperatriz en su tarea de regente. Sin embargo, un grupo de políticos influyentes se había agrupado en torno a la emperatriz viuda: dirigido por el megas doux Alejo Apokaukos y por el patriarca Juan Calecas, esta facción política se opuso, con el apoyo de la propia emperatriz, a las ambiciones de Cantacuzeno. Tras su intento fallido por controlar el rumbo de la regencia, Cantacuzeno abandonó Constantinopla y se refugió en la ciudad tracia de Didimoteicos, donde se hizo proclamar emperador el 26 de octubre de 1341. Este acontecimiento marcó el principio del conflicto que opondría durante seis largos años los partidarios de Juan V al usurpador Juan VI Cantacuzeno.

Los primeros años de la contienda fueron favorables al partido de la Regencia de Ana de Saboya: los repetidos fracasos militares de la fuerzas de Cantacuzeno serían aprovechados por sus enemigos para asentar su poder en la mayoría de las ciudades del Imperio y confiscar las propriedades de los denominados “cantacuzenistas”. Sin embargo, el intento fallido de tomar la ciudad de Didimoteicos durante el verano de 1344 cambió radicalmente el curso de los acontecimientos.

A partir de 1344, los ejércitos de Juan VI, reforzados gracias a las tropas enviadas por el emir turco de Aydın, fueron sometiendo las principales plazas de Tracia y llegaron hasta las inmediaciones de Constantinopla. Por entonces, el gobierno de la Regencia de Ana de Saboya atravesaba una importante crisis a causa del asesinato del megas doux Alejo Apokaukos el 11 de julio de 1345. Seguro de la victoria, Cantacuzeno se hizo coronar emperador por el patriarca Lazaros de Jerusalén en Adrianópolis el 21 de mayo de 1346, antes de conseguir la rendición de la capital. Esta solemne coronación significaba la legalización del levantamiento iniciado en 1341 y un claro desafío a los derechos de Juan V al trono. Cuando a principios de 1347 las tropas de Juan VI se disponían a iniciar el asalto final contra Constantinopla, el partido de la regencia accedió a firmar un acuerdo, por el cual Juan V y Juan VI gobernarían juntos, como co-emperadores. La alianza fue sellada a través del matrimonio entre Juan V y la hija de Juan VI, Helena Cantacucena.

El reinado de Juan VI (1347-1354)

El 13 de mayo tuvo lugar una nueva ceremonia de coronación en la basílica de Santa Sofía, oficiada por el patriarca Isidoros I. Con esta celebración Cantacuzeno legitimó su posición, atribuyéndose el papel de “padre espiritual” del emperador Juan V, un parentesco que se reforzaba a través del matrimonio entre este último y Helena Cantacucena, hija del nuevo soberano. En 1350, los dos emperadores viajaron a Tesalónica, capital de la provincia de Macedonia, que por entonces se encontraba asediada por el tsar serbio Esteban IV Dusan. Tesalónica se había declarado desde 1342 a favor del partido de Juan V en la guerra contra Cantacuzeno. Un sector de la población de esta ciudad llamado los “zelotas” (radicales) (ver segunda guerra civil bizantina) había tomado el poder y expulsado de la ciudad a todos los partidarios de Juan VI. Este grupo social ha sido tradicionalmente identificado a una suerte de “clase media”, dedicada al comercio y a los negocios, enfrentada a la antigua aristocracia terrateniente, que era, esta última, mayoritariamente favorable al usurpador. Así es como el erudito Demetrios Kydônès relata un episodio de la toma del poder en Tesalónica por el grupo de los zelotas:

Eran arrastrados (los aristócratas) por las calles con una soga al cuello, como esclavos. A veces un criado empujaba a su amo, otras un esclavo al que lo había comprado. El rústico empujaba al general, el campesino al guerrero.

En 1350, la presión ejercida por el ejército serbio sobre Tesalónica, puso a los zelotas en una situación delicada y les forzó a reconocer la autoridad de Juan VI en la ciudad. La entrada de Cantacuceno en Tesalónica y el cambio de gobierno fueron facilitados gracias a la presencia, al lado de Juan VI, del joven emperador Juan V, que por entonces ya contaba con 19 años de edad.

Con el fin de evitar las protestas de Juan V, único emperador legítimo, Juan VI accedió a cederle una parte del Imperio en calidad de apanage: la región de los Rhódopes, franja costera al norte del mar Egeo. Sin embargo, con el tiempo la oposición entre los dos emperadores se acentuó: el deseo de Juan VI de coronar a su hijo Mateo Cantacuzeno como co-emperador y de expulsar definitivamente del trono Juan V fueron suficientes para retomar las armas. En 1352, Juan V atacó la ciudad de Adrianópolis, donde gobernaba Mateo Cantacuzeno. Poco después, llegó el emperador Juan VI Cantacuzeno, acompañado de tropas mercenarias turcas. La superioridad militar de Cantacuzeno obligó a Juan V a rendirse. En esta difícil situación, Juan V pidió ayuda al tsar serbio. Sin embargo, el resultado final de la batalla siguió favorable a Juan VI y Juan V tuvo que retirarse. El momento no podía ser más propicio para Juan VI, que utilizó como argumento el ataque de Juan V para despojarle de su derecho al trono y coronar a su hijo Mateo (1353).

El triunfo de la dinastía Cantacuzeno fue no obstante de corta duración. El uso de mercenarios turcos en el ejército bizantino comenzaba a hacer estragos entre la población autóctona de Tracia. Las numerosas razzias turcas hacían cada vez más impopular al emperador Juan VI. La situación se volvió extremadamente peligrosa en marzo de 1354, cuando un fuerte temblor de tierra dañó las fortificaciones de algunas ciudades de Tracia y las expuso al pillaje de estos mercenarios: el importante puerto de Gallípoli, que aseguraba el paso del estrecho de Dardanelos y por tanto la travesía entre Europa y Asia, fue entonces capturado por los turcos otomanos. Comenzaba en estos momentos la instalación firme de este pueblo en suelo europeo. La población de Constantinopla fue presa del pánico, creyendo que la misma capital estaba amenazada: la situación de Juan VI era insostenible y Juan V aprovechó la situación para recuperar el trono. Concluyendo una alianza con el aventurero genovés Francesco Gattilusio, Juan V consiguió entrar en Constantinopla y forzar a Juan VI a abdicar. A cambio de su ayuda, Juan V acordó a Francesco Gattilusio el gobierno de la isla de Lesbos y la mano de su hermana Maria Palaiologina. Juan VI fue obligado a tomar el hábito monástico (bajo el nombre de Joasaph) y a refugiarse en el monasterio de San Jorge de los Manganes. Viviría aún treinta años, hasta el 15 de junio de 1383, durante los cuales escribió su célebre Historia, una obra en la cual intentó justificar sus propios actos políticos.

Los primeros años del reinado en solitario (1354-1371)

Con la abdicación de Juan VI la guerra civil no terminó. El hijo de aquel, Mateo I Cantacuzeno se había hecho fuerte en la ciudad tracia de Adrianópolis. Hasta diciembre de 1357, duraría el conflicto entre él y Juan V. Al final los dos llegarían a un acuerdo por el cual Juan V se convertía en el único emperador legítimo, mientras que cedía a la familia cantacuzeno la provincia de la Morea, en el Peloponeso.

Después de años de guerra civil la situación del Imperio era crítica: el territorio del Imperio estaba reducido en estos momentos a la provincia de Tracia (con la capital Constantinopla), las islas del norte del Egeo (Lemnos, Imbros, Thasos, Tenedos y Samotracia), la ciudad de Tesalónica (aislada por las conquistas serbias) y la provincia del Peloponeso (en manos de los Cantacuzeno). Pero la dramática reducción territorial no fue la peor consecuencia de la guerra: la población campesina y urbana del Imperio había conocido los horrores de la guerra; las actividades agrícolas, que constituían la fuente de riqueza principal, fueron seriamente afectadas (según el historiador de la época Nicéforos Grégoras el país parecía ahora un desierto). Y por si fuera poco, en 1348, llegó la Peste Negra que redujo notablemente las poblaciones de Constantinopla y Tesalónica.

La difícil situación en la que se encontraba el Imperio a finales de los años cincuenta determinó la actuación política de Juan V durante los primeros años de su reinado: en el plano internacional, el emperador llevó acabo una intensa actividad diplomática orientada a acercar posiciones con los países de la Europa católica y sobre todo con Roma con el objetivo de organizar una cruzada para liberar el Imperio de la amenaza turca. Para ello Juan V estaba dispuesto a sacrificar la fe de su pueblo y convertirse al catolicismo.

Mientras Juan V empeñaba toda su voluntad en conseguir la ayuda de Occidente, los Turcos devoraban los últimos restos del Imperio: en 1361 conquistaron la ciudad de Didimoteicos y en 1368 o 1369 Adrianópolis. Entre tanto, la deseada ayuda de Occidente llegó al Imperio: en 1366, el conde Amadeo VI de Saboya llegó a aguas bizantinas al frente de una flota y capturó Gallípoli que cedió en seguida a los bizantinos; acto seguido, ayudó a Juan V a consolidar su posición en la región búlgara de la Zagora, franja costera a orillas del mar Negro al norte de Constantinopla.

Estos éxitos políticos devolvieron la iniciativa al Imperio: los Otomanos no podrían en lo sucesivo atravesar los Estrechos, impidiendo la coordinación entre la parte europea y asiática de su joven imperio. De esta manera, los territorios turcos en Europa se sacudieron la tutela del emir otomano y actuaron de forma independiente, organizados en tribus, cada una dirigida por un caudillo o bey.

Animado por estos triunfos, Juan V viajó hasta Roma en 1368, donde se convirtió al catolicismo. Se trató de un acto personal que no implicaba la conversión del pueblo bizantino, pero sí la buena voluntad del soberano por iniciar el proceso de Union de la iglesias católica y ortodoxa. El viaje de Juan V en Italia debía llevarle a Venecia, para renovar el tratado de paz con la república. Allí el emperador tuvo problemas para pagar las deudas que había contraído con algunos banqueros venecianos, lo cual le impidió emprender su viaje de regreso a Constantinopla. Juan V pidió ayuda en vano a su hijo primogénito Andrónico IV, que se había quedado como regente en Constantinopla. Fue su hijo, Manuel II, entonces gobernador de Tesalónica, quien acudió hasta Venecia para pagar las deudas del emperador y permitir su regreso.

En septiembre de 1371, durante la ausencia de Juan V del Imperio, una coalición de señores serbios fue derrotada a orillas del rio Maritza (actualmente frontera entre Grecia y Turquía) por las tribus turcas asentadas en Europa. Este acontecimiento marcó un momento crucial en la historia de los Balcanes porque permitió la penetración de los Turcos en el interior de las regiones de Macedonia, Tesalia y Epiros. A su llegada a la capital, Juan V tomó medidas contra su hijo, ordenando el arresto de algunos aristócratas, que debían constituir el círculo próximo del joven Andrónico IV.

Años de reformas

Paralelamente a la intensa actividad diplomática, Juan V inició una serie de reformas en el interior del Imperio orientadas a sanear las finanzas del Estado. La más importante de estas medidas fue la reforma del sistema monetario, con el abandono del patrón oro y la creación de una nueva moneda: el hiperpiro de plata, que fue la moneda bizantina en vigor hasta la caída del Imperio en 1453. Esta medida fue acompañada de una importante reforma fiscal. La política imperial puso además gran empeño en recuperar el estado productivo de las tierras, para ello lo más importante fue la construcción de fortificaciones en el campo que protegían a los campesinos y las cosechas. Esta fortificación del espacio agrario fue llevada a cabo por los gobernadores de cada provincia, con el concurso (obligado) de las grandes fortunas privadas del Imperio. Además se llevaron a cabo trasvases de población con el objetivo de repoblar zonas que habían sido afectadas por la guerra y por la peste.

De la batalla de la Maritza al reinado de Andrónico IV (1371-1382)

Los años centrales del reinado de Juan V se caracterizaron por el enfriamiento de las relaciones entre el Imperio y los países de Europa occidental y por un acercamiento con los turcos otomanos: la victoria turca de la Maritza había dejado aún más expuesto el Imperio a los ataques enemigos. Aunque el hundimiento del poder serbio en Macedonia beneficiaría en un primer momento a los bizantinos, que llegaron a recuperar una parte de esta provincia, la presión turca sobre los restos bizantinos fue cada vez mayor.

En 1373, Andrónico IV se rebeló contra su padre. Juan V pidió entonces ayuda al soberano otomano, Murad I, a quien ayudó a pasar en Europa con un gran ejército para derrotar a su hijo. La revuelta fue sofocada (mayo de 1373), pero este acontecimiento puso las bases de la sumisión bizantina a los turcos. No está claro si el Imperio adquirió en este momento el estatus de vasallo de los Otomanos (lo cual suponía el pago de un tributo), en cualquier caso Bizancio no volvería a recuperar la iniciativa política hasta principios del siglo XV (después de la batalla de Ankara en 1402) y su destino estaría en lo sucesivo fuertemente comprometido por la política turca. La rebelión de Andrónico IV obligó a Juan V a cambiar el orden sucesorio: privando al primogénito de sus derechos al trono, Juan V nombró a su segundo hijo, Manuel II, como heredero y le hizo coronar co-emperador. Andrónico IV fue encarcelado.

Los años que sucedieron a la primera revuelta de Andrónico IV se caracterizaron por un aumento de la influencia turca en el interior del Imperio: la alianza entre Juan V y Murad I supuso la entrada de muchos turcos en algunas ciudades del Imperio.

En 1376, Andrónico IV, habiendo logrado escapar de su encierro, se rebeló de nuevo contra su padre; esta vez contaba con el apoyo de los genoveses y del propio Murad I, que no dudo en prestar su apoyo al joven candidato con el fin de debilitar aún más al Imperio. Juan V fue expulsado del trono y encerrado en una fortaleza de la capital. Como pago por su ayuda, Andrónico IV cedió a Murad la ciudad de Gallípoli: en lo sucesivo los Otomanos serían libres de cruzar los estrechos y fortalecer su presencia en Europa. Andrónico IV, en calidad de vasallo del sultan, tuvo que participar en algunas campañas de los otomanos contra sus rivales en Asia Menor.

Por el lado genovés, Andrónico IV les cedió la isla de Tenedos, cuya situación geográfica, a la entrada del estrecho de Dardanelos, hacía de ella un punto estratégico. Venecia protestó, ya que esto aumentaría aún más la influencia genovesa en el acceso a los mercados del mar Negro y declaró la guerra a Génova. La cuestión de Tenedos fue el detonante de la llamada guerra Chioggia entre las dos repúblicas marítimas.

En 1379, Juan V logró escapar de su prisión y con la ayuda de venecianos y turcos (que volvieron a cambiar de bando) logró derrotar a su hijo Andrónico IV, que se refugió en la colonia genovesa de Pera, enfrente de Constantinopla. La guerra entre los dos emperadores duraría dos años, hasta 1381, fecha en la cual los dos rivales llegaron a un acuerdo con la mediación de los genoveses. Por este acuerdo, Juan V aceptaba modificar de nuevo el orden de sucesión y nombrar a Andrónico IV heredero al trono. Además, Juan V le acordaba el gobierno de la región de Selymbria, una estrecha franja costera al sur de Constantinopla. Por su parte, Manuel II perdía sus derechos y su calidad de co-emperador: humillado por el términos del acuerdo, abandonó en secreto la capital y se fue a Tesalónica donde se autoproclamó emperador independiente. En 1382, Venecia y Génova firmaron también la paz en Turín y acordaron abandonar Tenedos, deportar a toda su población y arrasar sus fortificaciones. La cuestión de la soberanía sobre Tenedos durará hasta el siglo XV y será fruto de conflictos posteriores entre Venecia y Bizancio, durante el reinado de Manuel II.

Los años finales (1382-1391)

Después de su llegada a Tesalónica, Manuel II se declaró en completo desacuerdo con la política oficial del Imperio, que buscaba una cohabitación pacífica con los turcos. El joven Emperador inicio una política agresiva contra los otomanos en Macedonia: sus primeras acciones se saldaron con sonados éxitos de las tropas bizantinas, que fueron celebrados por los contemporáneos. La situation se tornó pronto en desastre: los bizantinos fueron aplastados en una batalla ocurrida a las afueras de Tesalónica. Toda la provincia de Macedonia fue ocupada y Tesalónica sitiada. Al final, Manuel II capituló y en 1387 la segunda ciudad del Imperio pasó a manos de Murad I.

El ímpetu con el que los turcos avanzaban por los Balcanes parecía incontenible: después de la caída de Tesalónica fue el reino de Serbia. Aunque la batalla de Kosovo (1389) se saldó con la muerte de los dos soberanos, Murad I y el príncipe serbio Lazaro, el resultado fue claramente favorable a los turcos que redujeron el Estado serbio a la situación de vasallo turco.

Mientras, en el interior del Imperio bizantino las disputas entre los diferentes miembros de la familia imperial parecían no terminar nunca: en 1385, Andrónico IV atacó las tierras de Juan V. Pero durante una de las escaramuzas, el heredero al trono perdió la vida. La ambición y la rebeldía de la rama primogénita de los Paleólogo no desapareció con la muerte de Andrónico IV: su hijo y heredero, Juan VII Paleólogo se declaró en seguida en guerra contra su abuelo y consiguió, gracias de nuevo al apoyo turco y genovés hacerse con el poder en Constantinopla en 1390. Al final de su vida, Juan V tenía que enfrentarse a la enésima guerra por el trono: detrás de la insolencia de estos miembros de la familia imperial se encontraba la acción del sultán, quien les prestaba su apoyo militar y financiero con el fin de debilitar aún más el frágil equilibrio del Imperio.

Y una vez más fue el segundo de los hijos de Juan V, Manuel II, quien acudió en ayuda de su padre. Al frente de una pequeña flota, compuesta por barcos bizantinos, venecianos y de los caballeros de Rodas, Manuel II entró en Constantinopla y devolvió el trono a su padre.

Manuel II recuperaba así su condición de heredero al trono y Juan VII regresaba a Selymbria, cuyo gobierno le fue acordado por mediación del sultán. En los últimos meses de su vida, Juan V tuvo que aceptar que su hijo acompañase a Bayaceto I durante sus campañas en Asia Menor, como ya lo había hecho Andrónico IV, en calidad de vasallo turco. Se suele fechar de esta época la conquista de la última ciudad cristiana de Asia, Filadelfia; aunque ninguna fuente permite de afirmarlo a ciencia cierta.

En cualquier caso, Manuel II estaba en el campamento del sultán, cuando conoció la muerte de su padre (febrero de 1391): su madre le instaba por carta a viajar en secreto a Constantinopla, para no dar tiempo al sultán a imponer a su candidato, Juan VII, y provocar una nueva guerra civil. Un mes más tarde, Manuel II llegó a Constantinopla, proclamándose único heredero al trono (ver Manuel II).

Se casó con Helena Cantacuzena, hija de Juan VI Cantacuzeno. Ellos fueron padres de varios niños incluyendo:

  • Andrónico IV, emperador (1376-1379)
  • Manuel II, emperador (1391-1425)
  • Michael, déspota y gobernador de la Zágora
  • Teodoro I, déspota y gobernador de la Morea.
  • Irene, casa con Halil, hijo del sultán otomano Orján.

Paulo

(segunda mitad del s. VII) Conde visigodo de origen bizantino. Habiendo sido enviado por Wamba (672) a Septimania para sofocar la insurrección de Hilderico, se proclamó rey de Narbona (672) y estableció su autoridad sobre la Galia gótica y parte de la Tarraconense. Derrotado por Wamba, fue hecho prisionero en Nimes (673).


Zoe Porfirogeneta

(Constantinopla, 978 – 1050) Emperatriz bizantina, hija de Constantino VIII. Como última representante de la dinastía macedónica, su padre Constantino VIII, preocupado por el asunto de la sucesión, la casó con Romano Argiro, eparca de Constantinopla, quien gracias al matrimonio obtuvo la diadema de Emperador Bizantino, con el nombre de Romano III. El nuevo emperador, una vez alcanzado su objetivo, soportó las infidelidades de su esposa que, sintiéndose despreciada por su marido, se echó en brazos del hermano de Juan Orfanotropo, poderoso eunuco de la corte falto de escrúpulos (otros rumores la relacionaban con Constantino Arkoklines y Constantino Monomachos).

A pesar de ampliar el territorio de Bizancio con la conquista de Edesa, Romano era muy mal visto por el pueblo bizantino, ya que, al contrario de lo que había venido sucediendo durante la dinastía macedónica, el Emperador comenzó a apoyarse para gobernar en la nobleza funcionarial latifundista, en lugar de en el ejército y el campesinado. La decisión que colmó la paciencia de los bizantinos fue la liberación del pago por parte de los latifundistas de los impuestos que debían pagar por los territorios no ocupados, lo que les ayudó a aumentar sus posesiones a costa de los campesinos, quienes pasaban a depender de los grandes señores.

Zoé, impulsada por la presión popular, ordenó asesinar al emperador en 1034, mientras éste tomaba una baño. El mismo día del asesinato contrajo matrimonio con su amante, quien fue coronado con el nombre de Miguel IV. Éste se hizo enseguida con el control del poder y puso a su reciente esposa Zoé bajo el control y tutela de su hermano Juan Orfanotropo, quien controlaba los hilos de la administración y se estaba enriqueciendo de forma notable. Zoé fue obligada por su marido Miguel IV a adoptar a su sobrino Miguel. El nuevo soberano, a pesar de sofocar una revuelta búlgara en los alrededores de Salónica en 1041, se ganó la enemistad de la nobleza militar, a cuyos miembros había aumentado considerablemente los impuestos.

Ese mismo año, Miguel IV murió de un ataque de epilepsia, lo que provocó la subida al trono del hijo adoptivo de Zoé con el nombre de Miguel V. Éste, de forma sorprendente, hizo frente a su tío Juan y le desterró junto con la mayor parte de su familia, mientras que dio la libertad a sus principales enemigos: Jorge Maniaces y Constantino Doliseno. En la noche del 18 de abril de 1042, despojó a su madre adoptiva de sus títulos y dignidades y la obligó a ingresar como monja en el monasterio de Metamorfosis, en la isla del Príncipe. El pueblo de Constantinopla se levantó el 20 de abril e hizo venir a la ciudad desde su retiro en el campo a la hermana de Zoé, Teodora, y al patriarca de Santa Sofía, Alejo el Estudita, para que dirigiesen el ataque al palacio Imperial. Miguel V, ante la amenaza, huyó al monasterio de Estudio, donde fue hecho prisionero y poco después cegado.

Zoé y Teodora, con el apoyo de las autoridades eclesiásticas, fueron nombradas emperatrices. Las hermanas abolieron la costumbre de la venta de cargos, aumentaron el poder del senado y repartieron numerosos donativos entre la población más desfavorecida de Constantinopla. Sin embargo, el gobierno se hizo cada vez más difícil debido a los continuos enfrentamientos de las dos hermanas, quienes estaban enemistadas desde hacía muchos años.

Para poner fin a esta situación, Zoé se casó con el senador Constantino Monomachos, uno de sus antiguos amantes, lo que obligó a Teodora a regresar a la vida privada. El nuevo esposo de la emperatriz, que fue coronado con el nombre de Constantino X, resultó ser un mal gobernante; pero su esposa se había desentendido ya de las obligaciones del gobierno y de las labores de la regencia, para entregarse más a su cuidado personal y a múltiples diversiones en las que dilapidó el Tesoro del Estado.

Su tercer marido la abandonó por una bella e inteligente dama de la corte y Zoé murió completamente sola en 1050. Se conserva un retrato de la emperatriz Zoé con las galas imperiales en uno de los mosaicos de Santa Sofía, en el que fue representada junto a uno de sus dos primeros maridos, cuyo nombre fue cambiado por el de Constantino X. El hecho de que el Cristo que aparecía entre los dos estuviese mirando a la emperatriz y no al emperador se entiende como símbolo de que la legitimación se encontraba en la dinastía macedónica.