Abraham Vater

Abraham Vater (9 de diciembre de 1684, Wittenberg – 18 de noviembre de 1751, Wittenberg), fue un médico alemán especialista en anatomía, describió la papila duodenal que lleva su nombre (“Ampolla de Vater”) y facilitó la identificación de los corpúsculos táctiles denominados de “Vater-Pacini”.

Abraham Vater era hijo del físico de Wittenberg Christian Vater (1651-1732). Entró en la Universidad de Wittenberg en 1702, donde estudió primero Filosofía y luego Medicina.

Obtuvo su doctorado en Filosofía en 1706, y cuatro años más tarde, en 1710, defiende una tesis para el título de médico en la ciudad de Leipzig.

Posteriormente viajó en una gira científica por Alemania, Holanda e Inglaterra. En Ámsterdam visitó a Frederik Ruysch (1638-1731). Después de su retorno a Wittenberg dos años más tarde fue habilitado como docente.

En 1719, Vater fue nombrado Profesor Extraordinario de Anatomía y Botánica, y un año más tarde esta ocupación fue convertida en un Alto Profesorado. En esta posición Vater fundó un “Museo de Anatomía” que contribuyó a agrandar aún más su fama. En 1737 lo asignaron a la posición de Patología, pero él mismo nunca enseñó ésta disciplina, sino que siguió concentrado en enseñar Anatomía. En 1746 fue designado como profesor de Terapia, posición que ocupó hasta su fallecimiento.

Albretch Von Haller (1708-1777) promovió la reimpresión de un gran número de libros escritos por Vater.


Alejandro de Tralles

(?, 527-?, 565) Médico griego. Residió en Roma y Bizancio y fue el profesional más importante de su tiempo. Autor de un tratado escrito en griego sobre clínica y terapéutica de las enfermedades internas, su obra se tradujo al siríaco y al árabe, y posteriormente al hebreo y al latín.


Alfred Adler

Alfred Adler (7 de febrero de 1870 – †28 de mayo de 1937). Médico y psicólogo austríaco, discípulo de Sigmund Freud. Fundador de la llamada psicología individual y precursor de la moderna psicoterapia. Adscrito primero al grupo de Freud, se apartó de él en 1911 al divergir sobre distintos puntos de la teoría psicoanalítica. Sus conceptos básicos son los de carácter, complejo de inferioridad y conflicto entre la situación real del individuo y sus aspiraciones.

Alfred Adler nació en Viena el 7 de febrero de 1870 era el segundo de seis hermanos de origen judío, se graduó en Medicina en 1895, donde comenzó a trabajar de oftalmólogo en 1897. Más tarde hizo prácticas como internista. Su primer encuentro con Freud se produce en 1899. Adler defendió las ideas de Freud en la Escuela vienesa de Medicina, en los círculos médicos locales y en la prensa. Desde 1902 participó en una pequeña tertulia organizada en casa de Freud. Escribe (1904) “El doctor como educador”. Ya por esta época Adler, a petición de Freud, desiste de su primera decisión de romper con el círculo. En 1907 escribió su monografía sobre la inferioridad de los órganos y su compensación psíquica: “Estudio sobre la inferioridad de los órganos y su compensación psicológica”. En 1908 da una conferencia en Viena sobre “el instinto de agresión”. En 1910 es nombrado presidente de la rama vienesa de la asociación psicoanalítica. Edita, junto con Freud y Stekel en 1910 “Revista de psicoanálisis”, siendo Adler su director. Entre enero y febrero de 1911 dicta cuatro conferencias que constituyen “una crítica sobre la teoría sexual de Freud en la vida mental”. Al terminar la cuarta conferencia la mayoría de los freudianos presentes decidieron, pese a la opinión contraria de Steckel, que siguiera siendo miembro de la sociedad psicoanalítica, pero advirtiéndole de no rechazar la teoría sexual de Freud.

En agosto de 1911 anuncia en la editorial de la Revista de psicoanálisis su renuncia a formar parte del consejo editorial, lo que marcó su retirada del movimiento psicoanalítico. En 1912 se publicó “El carácter neurótico”. En este trabajo Adler establece la “psicología individual” como teoría de la unidad del individuo que tiende a metas finales de carácter inconsciente. En esta obra desarrolla el tema de la compensación infantil al sentimiento percibido de inferioridad mediante distintas estrategias hacia una meta final (de superioridad). En sus obras posteriores Adler desarrollo su modelo psicológico centrado en las influencias del medio social y familiar en el carácter del sujeto, en conjunción con sus construcciones subjetivas de sus experiencias; conjunción que desemboca en el “Estilo de Vida” inconsciente, rector del psiquismo humano. Después de la primera guerra mundial, organizó las clínicas de orientación de niños en Viena, siendo propiamente el primer psicólogo/psiquiatra infantil. Entre 1927-28, Adler dio una serie de conferencias en los Estados Unidos. La popularidad de Adler radicaba en la accesibilidad y optimismo de sus teorías, en comparación con las de sus contemporáneos Jung y Freud. El modelo de la psicología adleriana concibe la psicopatología como expresión extrema del egocentrismo del sujeto contra los intereses de la cooperación social.

La psicoterapia y la pedagogía adleriana tienen como finalidad el desarrollo de la cooperación humana salvando los obstáculos que impone el estilo de vida hacia la compensación de la inferioridad percibida. La psicología individual parte de la idea de que el hombre es un individuo que se mueve hacia una meta determinada y defiende el estudio del enfoque teleológico (hacia fines) que investiga la meta de una persona de tipo inconsciente. Las metas son construidas subjetivamente ya en la época infantil, influida por el ambiente o constelación familiar, y por la aspiración del niño a compensar su sentimiento de inferioridad. La relación entre la meta y los modos de alcanzarla configuran la personalidad del sujeto.

Alfred Adler murió en 1937 en Aberdeen, Escocia, de un ataque al corazón.

Otras de las obras de Adler son: “La práctica y la teoría de la psicología individual” de 1920, “Comprensión de la naturaleza humana” de 1928-1930, “La educación de los niños” de 1929, “Superioridad e interés social” (obra póstuma de 1965).

Complejo de inferioridad y superioridad

En sus teorías se definen y estudian los complejos de inferioridad y superioridad como ejes de su corriente.

El complejo de inferioridad considera la percepción de desarraigo que un individuo obtiene a causa de haber padecido una infancia mala, plena de burlas, sufrimientos, rechazos, etcétera.

Con más detalle puede describirse al complejo de inferioridad, en la ciencia de la psicología y el psicoanálisis, como el sentimiento en el cual, de un modo u otro, una persona se siente de menor valor que los demás, lo cual, normalmente, sucede en forma inconsciente y lleva a los individuos afligidos a sobrecompensarlo. Pero esto último, a su vez, plantea una alternativa. Porque la necesidad de sobrecompensación puede resultar o bien en exitosos logros o bien en comportamiento esquizotípico severo. Así, un sentimiento normal de inferioridad puede actuar como motivación para alcanzar objetivos, mientras que un complejo es un estado avanzado de desánimo y evasión de las dificultades.

Respecto del complejo de superioridad, Adler considera que es un mecanismo inconsciente, neurológico, en el cual el individuo trata de compensar sus sentimientos de inferioridad, resaltando aquellas cualidades en las que sobresale.

En términos más técnicos, para Adler, el complejo de superioridad es la consecuencia del proceso de transferencia que busca esconder la inferioridad percibida, con la pretensión de ser superior a los demás, en algún aspecto vital. La percepción de superioridad es la consecuente reacción a un sentimiento de inferioridad no expresado externamente, maximizando hacia el exterior aquellos aspectos en que, por transferencia de objetos, o por observación diferencial, consideramos destacar del comportamiento colectivo aparente. Es una maximalización subjetiva del hecho sincrónico que nos lleva a buscar aquello que los demás consideran insólito, en nosotros mismos.

Pero, básicamente, el complejo de superioridad se manifiesta como una afectación de la personalidad que conduce a la adopción de posturas prepotentes o arrogantes en el trato con los demás.

El síndrome de superioridad es una consecuencia de un previo complejo de inferioridad mal resuelto. Quien no siente la “inferioridad”, no precisa exhibir su “superioridad”; por otra parte, quien es claramente superior, es así percibido por los demás, sin requerir una manifestación mayor.

De todas maneras es importante advertir que un individuo, aunque exhiba comportamientos autoritarios y arrogantes, o desarrolle actitudes de prepotencia, no necesariamente se hallará en un auténtico “complejo de superioridad”, si no es consecuencia de una percepción previa de ser inferior en algo. Y esto, por cierto, dicho al margen de lo disvalioso que pudieren resultar sus actitudes en la convivencia social. La motivación del individuo debe quedar esclarecida mediante el diagnóstico, a fin de evitar errores de terapia.

Los complejos de superioridad e inferioridad son a menudo presentados ambos por las mismas personas, y se manifiestan de maneras diferentes. Sin embargo, los dos complejos pueden existir el uno sin el otro.

Fuente: http://es.wikipedia.org


Alfred Fournier

Alfred Jean Fournier nació el 12 de mayo de 1832 en París. Su padre se llamaba Vincent y su madre Anaïs Élisa Dumas. Fue el primer catedrático de enfermedades sifilíticas y cutáneas de la Facultad de medicina de París.

Realizó estudios clásicos en la institución Jauffret de París. Comenzó sus estudios de medicina en París en 1852. Estuvo de interno en el Hôpital du Midi con Philippe Ricord (1800-1889), quien probó que la sífilis y la gonorrea eran enfermedades diferentes.

En 1854 fue externo de los hospitales, entre 1855 y 1858 interno, y en 1860 obtuvo el grado de doctor con la tesis De la contagion syphilitique. En 1863 obtuvo la agregación con la tesis De l’urémie. A partir de este año fue médico del “bureau central” y se encargó de los cursos complementarios de enfermemdades sifilíticas en Lourcine (hoy H. Broca) y después en Saint-Louis.

En 1867, como médico de hospitales, estuvo en el Hôtel-Dieu y, más tarde, en Lourcine, donde llegó a ser jefe de servicio en 1868. En 1867 fue suplente de Augustin Grisolle (1811-1869) en clínica médica. En 1870 impartió un curso sobre enfermemdades venéreas.

En 1876 pasó al Hospital Saint-Louis y al año siguiente fue profesor de clínica de las enfermedades sifilíticas (formas secundarias y terciarias). En 1879 se le creó una cátedra en Saint-Louis de clínica de las enfermedades sifilíticas y cutáneas.

En 1876 afirmó el origen sifilítico de la tabes y de la parálisis general debida a esta enfermedad. Lo hizo siempre desde la observación clínica. En 1883 describió la gangrena genital fulminante basándose en cinco casos.

Con Emile Vidal (1825-1893) y Ernest Besnier (1831-1909) fundó la Société Française de Dermatologie et Syphilographie en 1889. En 1901 creó la Société de prophylaxie sanitaire et moral. A partir de 1902 fue nombrado profesor honorario. Fue miembro de la Academia de Medicina, sección de patología médica desde 1879. En 1902 recibió la distinción Commandeur de la Légion d’honneur.

Fournier también se ocupó de la historia de la sífilis, publicando textos de Girolamo Fracastoro, Jacques de Béthencourt y Giovanni de Vigo, entre otros.

Se casó con Marie Berthe Guerry. Tuvieron dos hijos: Berthe Gabrielle y Edmond. Falleció el 23 de diciembre de 1914 en París.


Arnau de Vilanova

Arnau de Vilanova (en valenciano, catalán y provenzal), denominado también Arnaldo de Vilanova o de Villanueva en castellano, Arnaldus de Villa Nova o Arnaldus Villanovanus en latín y Arnaud de Villeneuve en francés, (Villeneuve-lès-Maguelone, cerca de Montpellier?, Provenza?, Languedoc? (Francia), Valencia? Cataluña? (España); 1238 (aprox.) – Génova 1311) fue un alquimista, astrólogo y médico. Se duda de su lugar y fecha de nacimiento y de su nacionalidad, para algunos es francés, para otros español, aunque sin lugar a dudas nació en territorios del antiguo Reino de Aragón (Valencia, Montpellier, Provenza, Cataluña), o tal vez en el Languedoc recién conquistado por el rey francés.

Fue llamado “el médico de Reyes y Papas” y se lo reconoce como uno de los más grandes alquimistas de todos los tiempos. Un personaje fascinante que sin duda se adelantó a su época.

Arnau de Vilanova se quería ciudadano de aquello que se llamó “la catolicidad” en un tiempo en el que la Nación B (cualquiera que fuese) era completamente inexistente. Su drama consistió en que su figura, no solamente se adelantó a su tiempo, sino que también fue “testigo de la tradición” en un momento en la que ésta se empezaba a diluir.

Arnau, efectivamente, prefigura a los hombres del Renacimiento en su polifacetismo, en el interés que tuvo por todas las ramas del saber. Frecuentemente se le ha comparado a Paracelso, pero también pueden encontrarse sin dificultad similitudes con Giordano Bruno, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola y otros muchos. Al mismo tiempo, Arnau es heredero de la gloriosa tradición esotérica anterior, personificada en figuras como San Alberto Magno, Roger Bacon, Joaquín de Fiore, Avicena o Galeno a quienes leyó y tradujo. Arnau es profundamente universal y, en tanto que tal, es decir, al no sentirse ligado a ninguna tierra, encarna los valores de lo que, con Evola, hemos dado en llamar “Luz del Norte”.

Esta es pues la vida y la obra de un hombre excepcional, que percibiendo la proximidad del fin de los tiempos, propuso renovar la Cristiandad. La Inquisición y renovados representantes de la “Luz del Sur”, del sacerdocio y del dogma incuestionable, lo procesó por ello y la quema de sus libros años después de su muerte creó un dramático vacío documental.

Se tienen pocos datos sobre la vida de este hombre que fue llamado en rigor “Médico de Reyes y Papas”. El mismo nos dice en su “Espejo Médico” que nació en Vilanova de Filoca, cerca de Daroca, en 1240, cuando el territorio hacía poco que había sido conquistado por el “Buen Rey Jaime”. La zona había sido repoblada con cristianos venidos de las tierras de Lleida.

A los veinte años fue a estudiar a Montpellier y logró graduarse en la Escuela de Medicina célebre de esa ciudad. Quinientos años después, los médicos barceloneses, seguían viajando a esta ciudad del Mediodía francés a la vista de la decadencia de los estudios de medicina en los Estudios Generales de Barcelona, traspasados luego a Cervera. Los judíos establecidos en Avignon, Narbona y Montpellier, habían ejercido la ciencia médica mucho antes de establecer la escuela en 1201. Arnau permaneció hasta 1270 en Montpellier y tuvo como profesor a Antón Martí quien “sembró en su espíritu la semilla del hebreo”, al decir de sus propias palabras.

Por esas fechas, Arnau había acumulado una notable biblioteca compuesta por libros de inspiración joaquinita, platónica y aristotélica sin que faltarán obras de Santo Tomas -imprescindibles en la época- textos de medicina y otras ciencias.

Pasó a ser médico de Pedro II de Aragón al que tratará de distintas dolencias hasta 1289, fecha en que vuelve a Montpellier donde residirá los diez años siguientes componiendo buena parte de su obra; en ese tiempo tradujo a Avicena y Galeno. También escribe obras de carácter profético que empiezan a ser miradas con desconfianza por los inquisidores que ven indicios del pensamiento de los begardos, fatricellis y otras herejías medievales.

En 1297 publicará su “Introducción a Joaquín de Fiore” y se hará portaestandarte del profetismo cristiano y del milenium apocalíptico que se originará con la llegada del anticristo que Arnau anuncia a fecha fija. El estudio de la cábala hebrea y su contacto con antiguos alumnos del Studium Hebraicum de Barcelona y Montpellier le induce a intentar la sistematización de una cábala cristiana a partir del análisis del nombre secreto de Dios, “Yhavhé”.

Su actividad como médico de Jaime II le dará gran prestigio entre la corte catalano-aragonesa y, de médico de palacio, pasará a ser consejero del Rey. A finales del siglo XIII escribirá para Jaume II un “Tratado sobre la Prudencia de los Estudiantes Católicos” y otro para contribuir a la educación del hijo del Rey.

En 1298 Felipe el Hermoso, rey de Francia, lo envía en una embajada al Valle de Arán. Aprovecha su estancia en París para difundir sus ideas escatológicas sobre la llegada del anticristo. Esto le valdrá un primer proceso del que sólo le salvará su cargo de embajador y la inesperada influencia a su favor de Nogaret, el canciller del rey Felipe el Hermoso; este hombre, que ha pasado a la historia con el nombre de “el chacal” por haber expoliado y destruido a la Orden del Temple, preferirá alinearse con Arnau, y salvarle la vida. Gracias al apoyo de Nogaret, pudo apelar a Roma contra la sentencia de la Sorbona y ser recibido por el papa Bonifacio VIII al que sanará de sus enfermedades crónicas.

Lo vemos en el 1302 en Catalunya, polemizando con los dominicos de Gerona. Al año siguiente se ve forzado a escribir varios opúsculos contra los dominicos de Marsella que también le acusan de herejía, impiedad y contactos excesivamente estrechos con el cabalismo hebreo y los sabios islámicos. Estos ataques le obligan a pedir la protección del nuevo papa Benedicto XI del que será su médico, pero no podrá evitar que muera al poco tiempo, según algunos rumores, envenenado por un “espiritual”, Bernardo Delicieux.

Marcha a la corte de Federico III de Sicilia, al que la cristiandad tiene por gran protector de los franciscanos “espirituales”. Los disidentes franciscanos, en su intento de predicar una vida pura y ascética, huyendo de oropeles y vanidades, no hacían si no mirar hacia el interior de sí mismos y rechazar lo que representaba la Roma papal: el sacerdocio, la mediación entre Dios y el Hombre, la imagen y el formalismo sobre lo real y auténtico. No en vano encontramos en la prédica de Francisco de Asís elementos tan absolutamente relacionados con una concepción del mundo antitética a la sostenida por la Iglesia que no podía sino terminar alineándose con las posiciones del Imperio.

La catolicidad está en esto cuando Arnau establece su programa de reforma de la cristiandad. Es significativo que el eje de su programa gravite en el aspecto guerrero By, en definitiva, Imperial y caballeresco: no será el sacerdote, sino el guerrero al servicio del Imperio, quien reconquiste los Santos Lugares en una nueva cruzada. Arnau considera que sólo la derrota del Islam puede crear un clima favorable para una vigorización y un fortalecimiento de la catolicidad. Sus escritos quieren ser el tambor que llama a la “Guerra Santa”.

Clemente V, su amigo será elegido papa poco tiempo después, cuando se ciernen sombras amenazadoras sobre los templarios y las concepciones tradicionales de la humanidad medieval. Dos años después, en 1309, concluida la primera parte del drama templario, todos los reinos de Occidente han tomado medidas, más o menos duras, para disolver la orden en sus territorios; ese año, Arnau llega de nuevo a la corte de Sicilia con la esperanza de poder formular el paradigma de una nueva política cristiana para toda la catolicidad capaz de sustituir el plan templario.

Sus adversarios verterán sobre él las calumnias más abyectas, dirán que ha calumniado a Jaime II ante el Papa. El rey lo cita en Málaga y le retira su confianza; aquí se iniciará el principio del fin. Envejecido y enfermo decide desplazarse de nuevo a la corte de Sicilia en donde le soplan vientos más favorables, pero fallece en el navío que lo traslada ante los baluartes de Génova. Era el año del Señor del 1311.

Arnau, médico y alquimista

Hasta aquí llega la biografía “oficial” de Arnau de Vilanova. ¿Puede decirse algo más? Si nos detuviéramos aquí estaríamos sólo ante un médico notable y gran erudito; pero Arnau era mucho más que eso. Un maravilloso cuadro de Josep María Sert expuesto actualmente en la “Sala de la Ciencia Catalana” del Ayuntamiento de Barcelona, nos muestra a Arnau tomando el pulso a un enfermo y acariciando con la otra mano la panza de una retorta alquímica. Sert se hizo eco de la tradición que ligaba indisolublemente el nombre de Arnau de Vilanova al noble arte de la alquimia. Alquimia, o si se quiere, “Arte Real”.

Michel Maier, alquimista y rosacruz alemán del siglo XVII en su tratado “Symbola aureae mensae” cita un texto de Johan Andreae en el que alude a una transmutación de plomo en oro realizada por el mismo Arnau de Vilanova: “En vida nuestra, hemos recibido en la curia Romana al Maestro Arnau de Vilanova, médico y teólogo supremo (…). Era también gran alquimista que había fabricado varillas de oro, las cuales no presentaron ninguna dificultad a dejarse someter a todas las pruebas”. Giovanni Francesco Mirandola, añade en su “Tratado sobre la Fabricación del Oro”, que las láminas fundidas por Arnau nada tenían que envidiar al oro extraído de las minas de Aruzzo.

Estos testimonios prueban que existió una tradición renacentista que consideraba a Arnau como uno de los grandes alquimistas medievales, si bien es cierto que entre el centenar largo de obras firmadas por Arnau de Vilanova de las que se tiene constancia, muchos son tratados de alquimia, si bien es cierto que buena parte de ellos son apócrifos.

Los teólogos católicos actuales tienden a considerar que cualquier obra firmada por Arnau, por el mero hecho de tratar de alquimia, es automáticamente apócrifa. Pero esto dista mucho de ser evidente; en las obras incuestionablemente escritas por Arnau se perciben igualmente ecos de la vieja alquimia, aunque traten de medicina o escatología; por lo demás, algunas, como “El camino del camino” o el “Gran Rosario”, siendo aceptados como escritas por él, tocan directamente aspectos alquímicos. En “El camino del camino” puede leerse en la introducción: “Aquí da comienzo este tratado somero, breve, sucinto y útil para quien quiera comprenderlo. Los indagadores hábiles encontrarán en sus páginas una parte de la piedra vegetal que han ocultado con celo de otros filósofos”. El libro fue remitido a Benedicto XI en 1303.

En un manuscrito que el bibliógrafo francés Poirier atribuye a Arnau se describe el proceso de rejuvenecimiento que deben seguir aquellos adeptos que han alcanzado la eterna juventud; estos afortunados alquimistas deberán periódicamente untarse “dos o tres veces por semana con el meollo de la cañafístula. Cada noche antes de acostarse pondrán en la cabeza un sinapsismo compuesto por azafrán oriental, pétalos de rosas rojas, esencia de sándalo, acíbar y ámbar, todo ello disuelto en aceite de rosas a lo que se añadirá un poco de cera”.

Esto puede parecer extraño e ingenuo, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que algunos de los tratados alquímicos atribuidos a Arnau suponen una renovación en las concepciones herméticas y orientaron el trabajo futuro de generaciones de alquimistas hasta llegar a Fulcanelli. Este, en efecto, considerado como el gran alquimista del siglo XX, cita en sus dos obras, “Las moradas filosofales” y “El misterio de las catedrales”, textos de Arnau.

Comentando los relieves hermétidos del pórtico principal de Notre Dame de París, Fulcanelli trae a colación un párrafo del “Gran Rosario”: “Nuestra agua toma los nombres de las hojas de todos los árboles, de los árboles mismos y de todo lo que presenta un color verde a fin de lograr engañar a los insensatos”. Pues bien, este interés por el verde coincide con otras apreciaciones incuestionablemente arnaldianas. En la Edad Media se consideraba que el verde era el color propio del Espíritu Santo, color de la esperanza y de la redención futura, Arnau vio la Tercera Persona, el símbolo de la “era del Paráclito” descrita por el Apocalipsis y por los textos joaquinitas.

Arnau es importante en la historia de la alquimia; no en vano fue el primer “filósofo por el fuego” que dividió la “obra filosofal”, necesaria para alcanzar la transmutación de los metales, en fases o “regímenes”, costumbre que luego seguirían todos los alquimistas posteriores a él. En el capítulo titulado “Práctica de la obra” incluido en su libro “El camino de los caminos” escribe: “… todos los cuerpos deben ser llevados a la materia prima para hacer posible la transmutación”; y en las páginas siguientes define por vez primera las cuatro etapas de este proceso: disolución, limpieza, reducción y fijación, estando cada uno de estos “regímenes” está sometido a un elemento: agua, tierra, aire y fuego, respectivamente.

En el curso de sus escritos alquímicos Arnau cita frecuentemente a Morieno y Geber, alquimistas árabes, lo cual coincide perfectamente con su conocimiento de la cultura islámica. Sus tratados escritos en Montpellier sobre “Del húmedo radical” y la “Filosofía Natural”, son incuestionablemente suyos y evidencian su saber hermético y su práctica operativa en el laboratorio alquímico.

Tampoco es posible dudar de su conocimiento sobre los procedimientos de laboratorio. Se le tiene como descubridor de algunos compuestos químicos. Poco antes de morir escribió una fórmula que decía conducir inefablemente a la piedra filosofal: “Toma tres partes de limaduras de plata pura, tritúralas con una parte de mercurio hasta que resulte de ello una materia pastosa; cuécelo a fuego lento con una mezcla de vinagre y sal y sublímalo todo”… fórmula para la obtención del bicloruro de mercurio. Así mismo se le tiene por descubridor del ácido sulfúrico, el nítrico y el clorhídrico… En aquella época no existía la química tal como la entendemos hoy, la práctica con matraces y retortas, hornos y metales, no constituía sino prácticas alquimistas. Otro tanto puede decirse del ejercicio de la medicina, fronteriza con la magia y el hermetismo, un campo en el que Arnau destacó con luz propia.

Bonifacio VIII fue el gran protector eclesiástico de Arnau de Vilanova, mientras gobernó la cristiandad. A pesar de haber atacado al papado con una violencia irrespetuosa inusitada para la época, Bonifacio VIII lo salvó de las garras de la Inquisición y se limitó a llamarlo a Roma y reprenderlo, suave y amorosamente. No en vano Arnau había curado la dolorosa enfermedad de Bonifacio VIII, una litiasis renal crónica.

Llegado a Roma en agosto, Arnau confecciona un talismán que ostentaba el signo del león, correspondiente a ese mes. Mientras lo “magnetizaba”, iba recitando salmos y versículos de la Biblia; colgado el amuleto en la región lumbar del Papa, tardó muy poco en hacer efecto y disolver sus cálculos renales. El Papa olvidó las altivas palabras que Arnau pronunciara meses antes: “La infalibilidad del Papa está tan garantizada como la de sus diagnósticos”…

El concepto que tenía Arnau de la ciencia médica entroncaba directamente con el saber hermético de su tiempo. Percibía en todas las cosas un “spiritus” que se manifestaba de distintas maneras, algo así como la fuerza vital que nos mantiene en pie y activos. Ese “spiritus” equivale, en su concepción, a una forma de energía capaz de ser transmitida de un ser a otro, mediante un proceso de sanación o bien susceptible de ser mermada por distintos factores que generarán enfermedad.

La posibilidad que el “médico” tiene de influir sobre el “spiritus” deriva de la estructura misma del cosmos. El hombre no puede influir sobre lo que es superior a él -Dios, los ángeles, etc.- pero sí sobre aquellas fuerzas “elementales” que se sitúan debajo suyo en la escala jerárquica. Captar y reconducir la fuerza de estos principios “elementales” de la naturaleza es la tarea del médico.

Esta concepción fue completada con otra derivada de su admirado Galeno. Arnau era contrario a la prescripción sistemática de fármacos; consideraba que aquel fármaco que servía para una persona era inocuo con otra. El tratamiento de la enfermedad debía ser personalizado; cada médico tenía necesariamente que establecer un vínculo personal y único con su paciente, si quería hacer honor a su juramento hipocrático.

El tratamiento debía ser pues personalizado y esto por tres motivos que hacen de Arnau, un adelantado a su tiempo. En primer lugar por que cada déficit de “spiritus” responde a una problemática concreta que tiene que ver con el sujeto como tal, con su comportamiento moral, su estilo de vida y su actividad; toda enfermedad es, pues, la manifestación de un desarreglo más profundo. En segundo lugar, porque el médico debe penetrar en el conocimiento de la enfermedad a través de la “experiencia”; esto le ha valido a Arnau el ser considerado como un precursor del empirismo, pero más bien, cuando se refiere a “experiencia” Arnau aludiendo a la “intuición mística” esto es a prescindir de todo apriorismo y situarse con una mixtura de amor, caridad, unión con Dios y vacío interior, ante el paciente, estado de conciencia en el que aparecerá la “intuición mística”. Finalmente, Arnau es un precursor de los tratamientos psicológicos: considera que la fuerza de voluntad y la convicción del paciente en su curación, le conducirán inexorablemente a ella. Para Arnau la curación puede ser, en el fondo, autocuración.

Arnau, médico de poderosos, no utilizó su influencia para alcanzar fama y poder, sino antes bien, aprovechó su privilegiada situación para difundir sus ideas espirituales sobre el fin de los tiempos y la necesaria reforma de la cristiandad.

Arnau y lo “holístico”

Cuando esto ocurría, la obra de Arnau había entrado en el terreno mítico. Ciertamente no se había producido la venida del Anticristo y su polémica escatológica parecía haber sido estéril. La aparición de los apócrifos arnaldianos, la condena de su obra y la quema de buena parte de sus libros, hicieron que, a principios del siglo XVI, su figura quedara muy difuminada y se perdiera entre las brumas de la leyenda. En los últimos tiempos se ha pretendido hacer de Arnau una especie de avanzado de la ciencia médica moderna y se ha intentado despojar a sus escritos de todo lo que supusiera colusión con la magia, la cábala y la alquimia; se ha minimizado incluso su profetismo escatológico, reduciéndolo a una aportación anecdótica en el seno de su obra epistemológica y antropológica.

Pero todo esto supone olvidar que Arnau fue perseguido precisamente por eso que hoy se niega que estuviera presente en su obra. No fue perseguido por obtener derivados del mercurio sino por su práctica de la alquimia; no fue perseguido tanto por su apelación a la experiencia como por su voluntad de penetrar en los secretos del futuro mediante la interpretación profética; curó por procedimientos muy distintos de lo que hoy se entiende por “método científico”, curó con una mezcla de magia, intuición espiritual y terapia psicológica. Su teología y su antropología deben más a Joaquín de Fiore y a la cábala herética que a la escolástica o el tomismo.

Disidente en su época, el pensamiento de Arnau es una suma coherente y completa -hoy diríamos “holística”- que incluye muchas disciplinas y resume el saber de su tiempo.